Psicología de la afición taurina: sádicos, narcisistas, con complejo de inferioridad y tendencias homosexuales

Existen muy pocos trabajos publicados sobre la tauromaquia en la literatura psicoanalítica. En uno de ellos, de Winslow Hunt (1955), se puede leer: “Es sorprendente que una institución tan dramática y anacrónica no haya despertado más el interés de los psicoanalistas”. La escasa atención prestada por el psicoanálisis a esta espectacular manifestación cultural ha sido atribuida a la influencia del prejuicio.

El psicoanalista Martin Grotjahn (1959) sostenía: “Los aspectos horribles de la tauromaquia anulan el interés que posee la simbolización inherente a su ritual. Quizás esto explique la escasez de los intentos analíticos de interpretación de la fiesta”.

La historia de la tauromaquia proporciona un buen campo para el estudio de las transacciones psicológicas relativas a la tolerancia y la crueldad. La evolución del reglamento de nuestra fiesta nacional refleja el intento de llegar a distintos compromisos entre las inclinaciones sádicas de la afición y la cambiante sensibilidad de la sociedad con respecto a los espectáculos sangrientos.
Se calcula que unos sesenta millones de personas en todo el mundo son espectadores de festejos taurinos. La afición a la tauromaquia es debida a que proporciona un marco único para el desahogo y la proyección de pulsiones instintivas reprimidas. Claramente, su atractivo central es el de la gratificación inconsciente de las pulsiones sádicas. El dolor y la muerte del toro se dan por supuestos. En la mente de toda la afición está el hecho de que pueden correr la misma suerte los caballos y, por supuesto, los toreros.

En efecto, cada vez que un toro se arranca, el aficionado experimenta dos deseos en conflicto: que el torero sea cogido y que el lance no tenga consecuencias sangrientas. Sólo el último suele ser consciente.
Estos deseos contrapuestos satisfacen en el espectador dos instancias psíquicas diferentes: el Ello de los instintos y el Superyó de la conciencia. En efecto, el torero es objeto de la proyección de instintos y deseos contrapuestos. Los condicionamientos históricos de esta ambivalencia dictan las preferencias con respecto a las prácticas taurinas. El público que asiste a una corrida pide al torero que se acerque a los cuernos mortíferos del animal, pero, simultáneamente —no en vez de, como suele pensarse— no quiere presenciar una desgracia.

La mayoría de los espectadores de una corrida de toros rechazaría la idea de que van a los toros con fines cruentos. Tampoco aceptarían que su propósito era contemplar el sufrimiento y la muerte de los animales.
Más aún repugnaría a los espectadores la idea de que habían acudido para presenciar una cogida y estarían parcialmente en lo cierto, porque, desde luego, no es ésta su única motivación. Aducirían argumentos conscientes y más presentables al Superyó, como el estético. La mayor parte de los aficionados argüiría sencillamente, que la tauromaquia es una fiesta sin par en el mundo, un espectáculo emocionante y hermoso en el que se demuestra la bizarría, el arte y la inteligencia de un hombre ante una bestia brava. Aunque comprensible, toda esta argumentación es adicional y no sustitutiva del sadismo inherente a la tauromaquia.

Cuando los asistentes a una corrida dicen que padecen con el sufrimiento y se alarman si el diestro resulta herido por el toro, no son conscientes de que estos sentimientos son reactivos a sus ocultos deseos sádicos.
Existen ingeniosas racionalizaciones para justificar el cruel espectáculo de la tauromaquia. Por ejemplo, se recuerda que el toro intenta matar al torero, como si el animal hubiese elegido ir a la plaza con esa intención.

¿fomenta la tauromaquia el sadismo de la afición, o más bien lo canaliza dentro de un marco estético?

La cuestión a dilucidar sería la de si la aceptación social del espectáculo de los toros promueve la expresión sádica de unos instintos agresivos que podían haberse sublimado por derroteros socialmente más útiles; o si, por el contrario, neutraliza su potencial destructivo por medio de la descarga parcial de dichos instintos. Después de todo, hoy día el aficionado se limita a tener fantasías asesinas, a vociferar y, como mucho, a tirar almohadillas. La respuesta a esta pregunta es, con toda seguridad, que la fiesta de los toros lleva a cabo ambos cometidos psicológicamente contradictorios en el espectador.

Para la afición es importante saber que el toro tiene una oportunidad de matar a su matador, que no se trata de una caza. El igualamiento de las fuerzas posibilitado por el toreo a pie que, en su día, hizo de la lidia un oficio popular al facilitar las identificaciones de la mayoría con el torero, añadió un atractivo crucial a la tauromaquia. Si el lidiador arriesga poco, el equilibrio se rompe. Cuando el picador se ensaña con el animal o cuando el espada mata torpemente, la afición se enfada. Lo que se percibe como abuso del animal despierta sentimientos de culpabilidad asociados a fantasías sádicas reprimidas.

Existe también la identificación con la actitud exhibicionista del diestro. En efecto, una de las dinámicas más importantes en la organización mental del torero es la de la gratificación narcisista.
El colorido de las corridas, el atuendo de los toreros, las diversas suertes, la misma plaza, proporcionan un escenario especialmente apropiado para el despliegue y la gratificación del exhibicionismo y la autogratificación. Los sueños de esplendor e inmortalidad sirven, a su vez, para contrarrestar sentimientos pretéritos de inferioridad.

Cuando el torero se siente muy apremiado a obtener una sensación de grandiosidad en el ruedo, o cuando necesita la aclamación de la afición a cualquier precio, se verá impulsado a poner su vida en un peligro mayor de lo que le aconsejaría su sentido común.
Cuando la plaza vibra con el matador, participa por unos instantes de esa exaltación ego céntrica que constituye, en realidad, la regresión al gozoso sentimiento de la omnipotencia exhibicionista de la infancia. Pero esa reacción emocional tiene poco que ver con un afecto verdadero hacia el torero. Éste sabe, o la experiencia le hace aprenderlo pronto, que el fervor de la afición de una tarde puede trocarse en animadversión a la siguiente o, peor aún, en indiferencia. Muchas figuras del toreo han temido más al ocaso de su popularidad que a las mismas cornadas.

La posición privilegiada del torero de cartel —dinero y fama en la juventud— inspira admiración, pero también envidia, inevitable cara de la misma moneda. Es común que el espectador intente compensar este doloroso sentimiento, que denota inferioridad y, además, es censurable para la conciencia, por medio del de superioridad. Así, se erige en juez de lo que pasa en el ruedo, hace exigencias al torero y se arroga la prerrogativa de la aprobación o el insulto.

No es ajeno a la torería tampoco el fenómeno que los psicoanalistas conocemos como la erotización del peligro, en el que se funden las respuestas psicofisiológicas ante el miedo con la excitación sexual.
Además de las obvias implicaciones heterosexuales de estos testimonios, hay que tener en cuenta que, a un nivel más profundo, la tauromaquia puede tener significados homosexuales inconscientes. Después de todo, los protagonistas en la arena son machos flagrantes, salvo en los pocos casos de mujeres toreras.

Hay un escalofriante pasaje de la novela de ese gran aficionado que fue Ernest Hemingway (1960), The Dangerous Summer, en que se narra una cogida de Ordóñez. El relato del percance evoca un coito sádico homosexual: “Al recibir al toro por detrás […] el cuerno derecho se clavó en la nalga izquierda de Antonio. No hay un sitio menos romántico ni más peligroso para ser cogido […] Vi cómo se introducía el cuerno en Antonio, levantándolo […], la herida en el glúteo tenía seis pulgadas. El cuerno le había penetrado junto al recto rasgándole los músculos”.

En tono menos dramático podemos recapacitar sobre el hecho de que el toro vigoroso puede verse como representante de la virilidad, mientras que la fragilidad del hombre puede interpretarse como femenina (Frank, 1926). En realidad, el precioso y ajustado traje de luces, la coleta, los andares retrecheros y la actitud de exhibición han sido, en nuestra cultura, más propios de la mujer. Viene a la memoria la letra de otra zarzuela cómica, La corría de toros de Antonio Paso, en que se comenta de un torero:

“Miré usté qué hechuras. / Mi’usté qué posturas. / Mire usté qué facha de perfil. / Un torero más bonito y más plantao / No lo encuentro ni buscao / Con un candil. / Mire usté qué tufos, / Mi’usté qué coleta, / Mire usté qué glúteo tan marcao…”.

El psiquiatra Fernando Claramunt (1989) ha escrito sobre la psicogénesis y la psicopatología de las cogidas. En algunas ocasiones los toreros expresan abiertamente en la conducta, e incluso verbalmente, sus tendencias autodestructivas. El toreo de Belmonte fue considerado suicida por gran parte de la afición. Mucha gente iba a verle creyendo que serían testigos de su última corrida. Durante años Belmonte pensó obsesivamente en el suicidio y de viejo se quitó la vida.

En algunas cogidas autoinducidas o semiprovocadas puede discernirse también la dinámica de la venganza contra una afición —parental— sádica. El sacrificio masoquista del torero tendría como finalidad punitiva causar o fomentar en aquélla la culpabilidad. A este respecto, en un artículo con el título El placer de ser cogido, D. Harlap (1990) explicó elocuentemente la existencia de esta motivación en el caso de Manolete.

Concluiremos diciendo que la fiesta de los toros representa una compleja transacción psicológica, resultado de compromisos entre los gustos sádicos de la afición y su cambiante sensibilidad a la crueldad y a la muerte. En la actualidad, si se contempla demasiada sangre, si se hace sufrir al animal “excesivamente” o si el hombre corre muchísimo peligro, se herirá la sensibilidad de una mayoría. Si, por el contrario, estos alicientes son escasos, desaparece el atractivo de la fiesta. Ésta constituye un marco único para la proyección de pulsiones instintuales y para la representación de simbolismos inconscientes, vehiculizado todo ello por medios altamente estéticos y tradicionalmente sancionados.

Autor: Cecilio Paniagua, Ars Médica, Revista de Humanidades, 2008

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